Agua que hidrata

Es bien sabido que un alto porcentaje de nuestro cuerpo se compone por agua. Además de los diferentes líquidos presentes en él, como la sangre, el líquido cefalorraquídeo o los jugos gástricos, también nuestras células están constituidas en gran parte por agua para mantener sus funciones. De hecho, de un 70% a un 80% de la célula es agua.

Cuando estudiaba recuerdo una clase en la que el profesor explicó cómo nos hidratamos físicamente, es decir, cómo el agua entra en las células de nuestro cuerpo. Resulta que tenía que ver con un sistema de “puertas”, un llamado canal sodio-potasio que funciona así como una esclusa: cuando el sodio llega a la membrana, el nivel de potasio baja y ésta se abre, de manera que pueda entrar el agua en ella.

Sin entrar en rollos técnicos, la conclusión que me llevé ese día es que para poder hidratarnos, es necesario que el agua que consumamos lleve algo de sodio. Supongo que de ahí viene la popularidad de pedir “agua mineral” para beber en vez de “agua” a secas. Pero luego, hace unos años, se puso muy de moda eso de la mineralización débil. Seguramente tuvo que ver con la relación que se encontró entre los casos de hipertensión y otras enfermedades y el consumo excesivo de sal. Desde mi humilde punto de vista, creo que ese desequilibrio no era debido a la sal presente de manera natural en el agua o, por ejemplo, en los frutos secos, sino más bien en forma de sal de mesa de baja calidad y su consumo encubierto en productos envasados... Pero bueno, volviendo al tema de la hidratación: resulta que un agua completamente desmineralizada no nos quita la sed ya que nuestro cuerpo necesita ese sodio para poder abrir la puerta de la célula, su membrana. Entonces, nos conviene sobre todo que el agua que bebamos no esté tratada artificialmente con sodio ni tampoco que esté completamente carente de él como puede ocurrir con el sistema de osmosis invertido... ¡Qué sorpresa, nuevamente el agua de nuestro querido sistema Berkey es lo que nos va mejor! ;)

Layla Palomo